domingo, 31 de marzo de 2013

Los científicos afinan la edad de los neandertales de El Sidrón

La cueva de El Sidrón, en Asturias, es uno de los yacimientos neandertales más occidentales de la península, con gran cantidad de restos de esa especie, junto con las herramientas líticas que utilizaban.

Ahora, gracias al desarrollo de nuevos procedimientos analíticos, un equipo de investigación coordinado desde la Universidad de Oviedo ha logrado afinar la edad de estas poblaciones neandertales asturianas.

La edad de los restos de El Sidrón puede ser un dato importante en la discusión sobre cuándo se produjo la transición de neandertales a sapiens en Europa.

“Algunas dataciones anteriores, que dieron una antigüedad de solo 10.000 años, son aberrantes y no se pueden considerar creíbles. Serían muy controvertidas en la discusión sobre cuándo se extinguió el Homo neanderthalensis”, asegura a SINC Marco de la Rasilla, coordinador del equipo de investigación.

Para ajustar la edad de estos neandertales, De La Rasilla y su equipo han comparado anteriores resultados del Laboratorio de Ciencias del Clima y del Medioambiente francés (LSCE, por sus siglas originales), con nuevos datos obtenidos por la Unidad de Acelerador de Radiocarbono de Oxford (ORAU).

Las dataciones ofrecidas por ambos laboratorios permiten asegurar que los neandertales de la cueva asturiana vivieron hace 49.000 años.

Unos anticuerpos atacan las células de la leucemia linfática crónica

Unos anticuerpos monoclonales modificados se han mostrado capaces de destruir un tipo de células de la leucemia linfática crónica (LLC). El descubrimiento, de investigadores del San Diego Moores Cancer Center de la Universidad de California lo publica PNAS.

El hallazgo se basa en que las células cancerosas presentan una proteína en su superficie, llamada CD44, que es específico para el anticuerpo RG7356. Con ello actúa como un señalizador de qué células deben ser atacadas. Tiene la ventaja de que el resto de las células del sistema linfático no se ven afectadas.

El anticuerpo tiene otro efecto concomitante: induce la muerte celular (apoptosis) en las células LLC con una proteína ZAP-70. Esta proteína está presente en aproximadamente la mitad de los casos de leucemia, y es precisamente un indicador de que se trata de los casos más graves.


Terremotos fruto de la actividad humana

Es sabido que la actividad humana tiene consecuencias en el subsuelo, pero pocas tan espectaculares como un terremoto. Un estudio publicado esta semana en la revista Geology ha relacionado un seísmo de magnitud 5,7 ocurrido en Oklahoma (Estados Unidos) en 2011, que dejó dos heridos, 14 casas destruidas y carreteras dañadas, con una técnica que se usa en la explotación de hidrocarburos y que consiste en inyectar en el subsuelo el agua residual del proceso. En este caso, el fluido procedía de un pozo de petróleo, pero si el estudio ha tenido impacto en medios internacionales como la BBC ha sido porque la técnica se usa también para eliminar el agua sobrante del fracking, el polémico método de extracción de gas pizarra que algunos países europeos ya han vetado y cuyos riesgos medioambientales están en discusión en otros.

Los investigadores estudiaron la relación entre la inyección en el subsuelo de fluidos residuales y el terremoto que sufrió la localidad de Prague, el de mayor intensidad en la historia del estado de Oklahoma. Tras 18 años inyectando sin incidentes los fluidos sobrantes de la extracción de petróleo en un yacimiento agotado, el 5 de noviembre de 2011 los movimientos sísmicos empezaron a asustar a los habitantes de la zona, acostumbrados hasta entonces solo a los tornados. Al día siguiente se produjo el terremoto de magnitud 5,7, “el mayor de los relacionados con la inyección de aguas residuales”, explica por correo electrónico la geofísica de la Universidad de Oklahoma Katie Keranen, autora principal del estudio.

La fractura hidráulica, o fracking, consiste en romper las rocas que albergan los hidrocarburos (gas o petróleo) mediante la inyección a alta presión de un compuesto de agua (99,5%), arena y productos químicos a gran profundidad. El aumento de los episodios sísmicos es una de las críticas habituales a este método. También lo son el riesgo de filtraciones a los acuíferos, las dudas sobre la composición de los productos químicos y el excesivo gasto de agua.

Antonio Turiel, investigador del CSIC en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, explica que, al usarse ingentes cantidades de agua, uno de los problemas del fracking es cómo eliminar los fluidos residuales. “Una parte retorna de manera natural a la superficie, pero la mayoría no”. Se puede reutilizar, construir una balsa para que se evapore, o reinyectarla en el subsuelo. Las explotaciones de Estados Unidos han optado mayoritariamente por esta solución.

“Lo que sugerimos es que los terremotos sucedieron en 2011 (y uno anterior en 2010) porque se necesitaron casi 20 años para que la presión fuera aumentando lentamente en esa zona”, explica Keranen, que considera que su estudio contribuirá a la preocupación que rodea al método de la fractura hidráulica. “Tanto el agua residual del fracking como la del caso que estudiamos tiene que ser eliminada”, dice. “En ambos casos hay riesgos sísmicos asociados. El tratamiento de los fluidos tras el fracking ha de hacerse de forma segura”, añade.

Ángel Cámara, coautor de un informe reciente del Consejo de Ingenieros de Minas sobre fractura hidráulica, considera que el caso del estudio no es extrapolable: “Se trata de agua usada en una explotación de petróleo convencional que tiene elementos mucho más agresivos que pueden hacer la roca más permeable y que se colapse produciendo el efecto de un seísmo”. Y añade: “Además, tiene que haber otros condicionantes geológicos que multipliquen el efecto de la inyección de agua, como una conjunción de fallas. Sin ellos, es difícil alcanzar una intensidad de 5,7”. Estudios muy rigurosos del terreno evitarían estos errores, añade.

"La reinyección de fluidos se da tanto en las explotaciones de petróleo como en las de gas no convencional", dice Julio Barea, responsable de Energía en Greenpeace. "Este estudio es una evidencia más de que el fracking tiene consecuencias. Hay trabajos anteriores que también describen cómo han aumentado los seísmos en las zonas en las que se están explotando yacimientos de gas pizarra", añade.

"La fracturación hidráulica es una técnica probada. Se ha realizado de manera segura en decenas de miles de pozos en el mundo, 300 de ellos en Europa", aseguran en la plataforma Shale Gas España, que agrupa a las empresas interesadas en explotar los recursos mediante esta técnica. "Tras estudiar los temblores producidos en Lancashire, la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural así como la Real Academia de Ingeniería concluyeron en junio 2012 que los riesgos asociados con la técnica se conocen y pueden ser debidamente gestionados. Sobre la cuestión de la actividad sísmica en concreto afirma que si se ponen en práctica las medidas de monitoreo adecuadas (antes, durante y tras la perforación), la probabilidad de que se produzcan temblores es mínima", añaden.

El cerebro de un delincuente

Los 96 reclusos forman en fila india. Es su último día en prisión, pero antes de salir a la calle tienen que pasar por una última prueba: el detector de futura criminalidad. De uno en uno entran en la sala donde los médicos les colocan una especie de casquete. Sentados frente a un ordenador, los todavía reos tienen que responder a preguntas y usar unos videojuegos. Parece un examen del carné de conducir. Pero no les vale haberse entrenado ni saberse las respuestas. Al otro lado del cristal, un monitor va procesando sus estímulos cerebrales. Al ver los resultados de uno de ellos en pantalla, el doctor Khiel lanza una mirada cómplice al alcaide: “Este”, apunta. No necesita decir más. El director de la cárcel se vuelve hacia su ayudante: “Toma nota. El recluso 4.567 quedará libre, pero con vigilancia especial. Antes de que pasen cuatro años lo volveremos a tener aquí”. No es una película. Y, si lo fuera, no sería muy original, porque Spielberg, en su adaptación del relato Minority report de Philip K. Dick (1956), ya usó un argumento similar. Pero si quisiéramos hacer una nueva versión de la película, la frase de que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” no se podría usar. Más bien, para ser justos con los derechos de propiedad intelectual, en los títulos de crédito debería figurar otra que dijera: “Basada en una historia sacada de Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) en su versión recogida por Science y Nature”. No es poca cosa como fuente de inspiración: se trata de tres de las publicaciones científicas más importantes del mundo.

Las bases reales de este supuesto guion se están escribiendo en estos momentos. Las pruebas de neuroimagen son una herramienta cargada de posibilidades entre los investigadores. En este caso se utilizaron para medir la probabilidad de reincidir de un grupo de convictos. Y en ciencia, ya se sabe, después del primer paso vienen los demás. Y la idea de predecir el comportamiento —más aún el criminal— por métodos científicos es tentadora. Ya lo intentó Cesare Lomboso en el siglo XIX, con su intento de identificar y clasificar a los delincuentes en particular o a las personas en general por su aspecto. La teoría, nunca comprobada, tuvo bastante éxito, y sus coletazos llegaron hasta Antonio Vallejo Nájera e incluso a Gregorio Marañón. El franquismo en España intentó usar algo similar para identificar a rojos y otros desafectos, con sentencias en las que “la mirada” o “el prognatismo” se asociaban a comportamientos perseguibles.

En este caso, se utilizó neuroimagen para ver qué pasaba en una diminuta porción del cerebro, el córtex del cíngulo anterior (CCA). En concreto, los investigadores de la ONG Mind Research Network de Albuquerque (Nuevo México) consiguieron el permiso para estudiar el cerebro de 96 hombres justo antes de salir de prisión. Los sometieron a una serie de preguntas y pruebas en las que tenían que poner en juego su sistema de toma de decisiones o inhibir sus respuestas más impulsivas. Con la resonancia magnética midieron la actividad del CCA de cada uno durante el proceso.

Esta fue solo la primera parte del ensayo. Aunque todos habían sido condenados y todos respondían a los mismos estímulos, la actividad del CCA era variable. En unos se detectaba el aumento propio de un funcionamiento acelerado; en otros, nada.

Un estudio con 96 presos identifica alteraciones asociadas al crimen
El experimento se completó con un seguimiento de la reincidencia de estos voluntarios durante cuatro años. Y el resultado llegó al cruzar los datos de aquella primera prueba de neuroimagen con su registro delictivo: aquellos que mostraban una menor actividad en el CCA tenían unas tasas de reingreso en prisión 2,6 veces mayor que los demás. Más aún: la proporción subía a 4,3 veces si se tomaban solo delitos no violentos. Y todo ello después de descartar el efecto en el futuro comportamiento de los investigados de factores como la adicción a sustancias.

El supuesto doctor Khiel de la historia (un nombre no tan ficticio porque Kent Khiel es el neurólogo de la ONG que ha dirigido el trabajo) tenía, por tanto, una base seria para advertir al alcaide del riesgo potencial de quienes iba a poner en libertad.

La tentación inmediata de esta historia sería hacer la prueba de la neuroimagen a todo el que vaya a dejar la cárcel. En función del resultado, ya se sabría a quién habría que poner especial vigilancia. Quizá, llegado al extremo, se podría pensar en no excarcelarlo. Aún más, siguiendo el giro que dio Spielberg a la historia, ni siquiera habría que esperar a que las personas delincan por primera vez: se les podría detener antes de que lo hicieran. Pero los propios autores del estudio descartan que esto pueda usarse tal cual. Con los pies en la tierra, Khiel, el neurólogo real que ha dirigido el trabajo, es categórico: “No es algo para aplicar ya”.

Sin embargo, el estudio no deja indiferente a los científicos. Miquel Bernardo, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB), empieza por destacar la importancia de las publicaciones en las que se ha presentado. No es un guion destinado a consumo masivo y a ser disfrutado con un cubo de palomitas. Pero, en su papel de representante del mundo de la ciencia, a renglón seguido, advierte contra la traslación tal cual de los resultados de las técnicas de neuroimagen. Estas “han creado expectativas muy esperanzadoras y optimistas para la predicción y tratamiento de conductas y enfermedades mentales”, pero este entusiasmo “va por oleadas” y “ahora se está enfriando”, advierte, de una manera similar a lo que ocurrió con el Proyecto Genoma de hace más de 10 años, que causó una fiebre por identificar genes relacionados con todo, desde obesidad a autismo, y ahora mismo esas informaciones, valiosas sin duda, pasan ya desapercibidas.

La tentación sería aplicar estos métodos con fines de orden público
Lo ideal, indica el experto, sería que se pudiera asociar un área del cerebro de manera unívoca a una conducta, pero el comportamiento humano es tan complejo que eso no es posible, por lo que todos estos estudios hay que tomarlos como “ayudas o pistas”, pero “nunca de manera definitiva”, dice Bernardo. “Lo que está claro es que en el cerebro está el sustrato de la conducta humana”. Con algo más de poesía, el neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás decía en una entrevista concedida a este periódico en 2009 que “el alma está en el cerebro”.

Según este estudio, la variación en la actividad cerebral puede asociarse a la comisión de delitos pasados o futuros, pero la psicóloga forense Rocío Gómez Hermoso cree que tal y como este está diseñado el estudio no sirve para discriminar si la neuroimagen refleja una causa o un efecto. “Si es un efecto del comportamiento anterior, no serviría de nada”.

Lo que está detrás de estos intentos es la base de las disquisiciones sobre el comportamiento humano desde hace 30 siglos: si nacemos de una manera o nos hacemos. Se puede aplicar a prácticamente todo: inteligencia, orientación sexual, propensión a delinquir, bondad —el hombre como lobo para el hombre de Hobbes o el buen salvaje al que la sociedad corrompe de Rousseau— o la creatividad. Trasladado al lenguaje de hace medio siglo, es el debate entre genotipo, lo innato, y fenotipo, lo adquirido. Santiago Ramón y Cajal lo complicó todo más y lo llevó al mundo más científico al describir la plasticidad del cerebro: este determina lo que hacemos, pero cambia según lo que nos pasa.

Desde su desarrollo, la neuroimagen se ha usado para medir qué pasa en el cerebro en todo tipo de situaciones: al sentir hambre o ira, al estar sano o enfermo, al leer, al recordar, al conducir, y también en otras donde parece que el aparataje necesario (una especie de secador de pelo que es el encargado de medir qué partes del cerebro se activan —o no— en cada momento) es más complicado de aplicar, como al practicar sexo o arbitrar un partido de fútbol.

Una psicóloga forense descarta el ensayo frente a las técnicas actuales
Obviamente, Khiel no había elegido estudiar el CCA al azar.Ya en pruebas más generales se había visto que el CCA, como indica en un artículo John Allman, del California Institute of Techonology (Caltec), era un área de “interfaz entre la emoción y el conocimiento”, con competencias sobre el “autocontrol emocional, la resolución de problemas, el reconocimiento de errores y una respuesta adaptativa a condiciones cambiantes en yuxtaposición con las emociones”. Por todo esto, no se ha estudiado todo el cerebro. La elección del área sobre la que se investigó, el CCA, es lógica. “Está relacionada con la impulsividad y el autocontrol”, resume Bernardo. “Una desregulación de este área significaría vulnerabilidad ante cierto tipo de conductas”, añade.

No es que los científicos tengan especial predilección por el CCA (aunque su riqueza potencial lo justificaría). Cada emoción y actividad se corresponde con una o varias zonas del cerebro, desde respirar a pensar en física cuántica. O, al menos, eso es lo que creemos. Y es que el sistema neurológico es, seguramente, el más desconocido del cuerpo humano. Su núcleo, encerrado por los fuertes huesos del cráneo, es el cerebro, el órgano más misterioso. Resulta casi imposible de manipular en vivo. Como si se le pudiera aplicar el principio de incertidumbre de Heisenberg, medirlo implicaría alterarlo. Y de ahí el auge de las técnicas de imagen, como la resonancia, que son las que más se acercan a ver cómo funcionan sus engranajes sin tener que entrar dentro de él.

Por eso, Bernardo cree que la lectura positiva que se puede sacar de este trabajo, más que lo “exótico” de sus planteamientos —el juego mental sobre el posible guion que saldría de la historia—, es que se avanza en dirección hacia unos “nuevos biomarcadores”. Si en otras enfermedades, como el cáncer, se buscan proteínas o células que indiquen lo que le pasa al paciente, en el caso de las enfermedades mentales las técnicas de imagen pueden ser un agente fundamental, “y no solo para predecir conductas, sino, más importante, para definir tratamientos”, añade el psiquiatra. “Tiene una utilidad funcional y estructural para validar diagnósticos, tratamientos y efectuar pronósticos”.

Centrada en el trabajo, Rocío Gómez Hermoso, psicóloga forense desde 1995, señala las debilidades que ve en el estudio. Aunque reconoce lo atractivo que puede resultar, “concluir algo de un trabajo tan incipiente es problemático”, afirma. Para la psicóloga de vigilancia penitenciaria, hay tres inconvenientes grandes en el artículo. “Son solo 96 personas, que son pocas, solo se las sigue durante cuatro años y falta comparar con el resultado que darían en la prueba personas que no hubieran estado en prisión”. “Tampoco sabemos la tipología exacta ni a violencia de sus delitos”. “De hecho, los propios autores reconocen que no saben cómo pueden influir otros elementos”, indica la psicóloga.