“¿Qué hemos podido hacer mal para obtener una conclusión tan
estúpida?”. Según cuenta el astrónomo australiano Brian Schmidt, esto
fue lo que se preguntó cuando descubrió, con su equipo, lo que se ha
convertido en un hallazgo sobre el universo tan importante que, dicen
muchos, nada es igual desde entonces. Fue en 1998. El hallazgo es la
energía oscura del cosmos y lo que desvelaron Schmidt, con su grupo, en
Australia, y Saul Perlmutter con el suyo, en Estados Unidos, es que la
expansión del universo que empezó con la gran explosión inicial, lejos
de estarse frenando, como cabría esperar, está acelerándose. Y la mejor
explicación de ese inesperado fenómeno es la energía oscura. Ahora se
sabe que esa energía oscura supone casi el 70% de todo lo que existe,
mientras que la materia conocida no supone más que el 5% y el resto es
la también misteriosa, aunque quizás no tanto, materia oscura. Por eso
se asombra Schmidt: “El 70% del universo había pasado desapercibido
hasta hace poco”. Y la respuesta es posible que la diera Albert
Einstein, con mucha anticipación, hace casi un siglo.
El científico australiano, que recibió el premio Nobel de Física, en 2011, por el gran descubrimiento, junto a Perlmutter y a Adam Riess, imparte hoy una charla de divulgación, en Madrid, en la Fundación BBVA, sobre la energía oscura.
Schmidt cuenta que la investigación que le llevó al gran hallazgo
pretendía medir la expansión del universo cuando era mucho más joven que
ahora (tiene 13.800 millones de años). Las galaxias están alejándose
unas de otras (ya que el espacio tiempo se estira a raíz de la gran
explosión inicial) y se trataba en aquel trabajo de observación
astronómica era medir esa expansión hace mucho tiempo. La idea, explica,
era que, debido a la atracción gravitatoria de la materia, el cosmos
estaría ahora frenándose. “La gran sorpresa fue comprobar todo lo
contrario, es decir, que el universo se expandía más despacio en el
pasado”. Los datos del equipo competidor, el de Perlmutter, mostraban el
mismo efecto, así que los dos grupos científicos independientes
presentaron los inesperados resultados y los cosmólogos no tuvieron más
remedio que ponerse a buscar una explicación.
“Se han propuesto ya más de 5.000 maneras de explicarlo”, señala
Schmidt, pero la que mejor se ajusta a las observaciones es la de la
llamada constante cosmológica propuesta por Einstein en 1917. Einstein
introdujo esa constante en sus ecuaciones para parar el universo, ya que
sus ecuaciones daban como resultado un cosmos dinámico en lugar de
estático, como se pensaba entonces que sería. “Hay que tener en cuenta
que en 1917 no se había descubierto la expansión del cosmos”, apunta
Schmidt. Y esa constante cosmológica actúa como una presión negativa que
contrarresta la atracción gravitatoria de la materia, de las galaxias,
de manera que estas se separan cada vez más rápido. Es la aceleración de
la expansión del universo.
Cuando Edwin Hubble descubrió, en 1929, que las galaxias están
alejándose unas de otras y que cuando más lejos están más rápido se
alejan, Einstein retiró su ya innecesario mecanismo de frenado del
universo de sus ecuaciones. “La constante cosmológica, que Einstein
denominó su mayor error, podría ser mi mayor descubrimiento”, dice
Schmidt.
De la aceleración de la expansión cósmica hay cada vez más datos y
los físicos teóricos tratan de explicarla, por un lado, mientras los
astrónomos hacer más observaciones del cielo buscando nuevos datos que
ayuden a determinar si “el mayor error de Einstein” resulta ser la
respuesta correcta o no. Schmidt, tras el Nobel, sigue investigando en
esta cuestión científica fascinante como astrónomo que es. Trabaja en el
observatorio del Monte Stromlo de la Universidad Nacional Australiana.
El científico cree que se llegará a explicar la energía oscura, “en el
plazo de mi vida”. Respecto a la materia oscura, ese 25% de la
composición del universo que no emite y ni absorbe luz (por tanto no se
ve, pero se aprecia su existencia por su efecto gravitatorio), Schmidt
considera que la respuesta no debe andar muy lejos.
viernes, 26 de abril de 2013
Un estudio vincula defectos de la placenta con el riesgo de autismo
Es frecuente que el diagnóstico de un trastorno autista no llegue
hasta que el niño cumple los tres o cuatro años. Y, sin embargo, los
tratamientos más eficaces son los que se reciben durante el primer y el
segundo año de vida del paciente. De ahí la importancia de contar con
procedimientos de detección precoces, como el que acaba de presentar un
equipo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de
Yale que describe cómo a partir del análisis de la placenta en el
momento del nacimiento se puede determinar el riesgo de desarrollar
autismo del bebé.
El estudio, que publica este jueves la edición electrónica de la revista Biological Psychiatry, se centra en dos aspectos del órgano del que parte el cordón umbilical y que hace de enlace entre la madre y el feto: la presencia de pliegues irregulares y, sobre todo, una proliferación irregular de un tipo de células denominadas trofoblastos (las primeras que se diferencian una vez se fecunda el óvulo y que forman la capa externa del blastocisto) que provoca que estén presentes en zonas donde no deberían aparecer.
Hasta el momento, el mejor indicador que existe para determinar si un niño tiene riesgo de desarrollar un trastorno autista tiene que ver con la historia familiar. Si ya tiene un niño afectado, la probabilidad de que una pareja vuelva a tener un hijo con el mismo problema se multiplica por nueve respecto a los padres que no tengan estos antecedentes.
Para llegar a los dos marcadores predictivos que describen en el trabajo, los investigadores de la Universidad de Yale, dirigidos por Harvey Kliman, y sus colaboradores del instituto de neurociencias Mind de la Universidad Davis de California sometieron a estudio a 117 placentas de bebés con hermanos afectados y, por ello, con alto riesgo de desarrollar trastornos autistas. Compararon los resultados de sus observaciones con los datos que extrajeron de otras 100 placentas que formaban el grupo de control y el resultado fue que en las placentas obtenidas de los niños considerados de riesgo encontraron hasta 15 inclusiones de trofoblastos (la presencia de estas células en zonas de la placenta donde no deberían estar) mientras que esta irregularidad solo se dio como máximo dos veces por placenta en el grupo de control. El riesgo serio comienza a partir de las cuatro inclusiones, según plantea Kliman en el trabajo.
“Es un estudio interesante”, comenta Fernando Mulas, jefe del servicio de neuropediatría del hospital La Fe de Valencia, “parece bastante contundente”. Mulas, que también es miembro del grupo de expertos en trastornos del espectro autista del Instituto de Salud Carlos III, vinculado al Ministerio de Sanidad, insiste en la importancia de comenzar el tratamiento de estos menores a la menor edad posible.
“Generalmente, si la familia ya tiene un niño afectado se practica un seguimiento estrecho al recién nacido para poder reaccionar ante los menores signos de alarma”, relata. Desde los seis u ocho meses ya se puede comenzar a detectar si el pequeño evita la mirada, si no responde a su nombre o no señala con el índice. Si estos indicios se confirman con un diagnóstico en firme, los especialistas recomiendan comenzar con una intervención temprana que consiste, básicamente, en sesiones de tratamiento conductual. “Es entonces, a edad temprana, cuando la plasticidad cerebral es mayor y los resultados son mejores”. La terapia se dirige fundamentalmente a potenciar las relaciones sociales, las capacidades comunicativas, el lenguaje y mejorar el comportamiento del menor.
Con métodos de diagnóstico precoces como el presentado por el grupo estadounidense, se podría realizar un mejor seguimiento de los casos con elevada probabilidad de desarrollar el problema, lo que implicaría una reducción de los tiempos de respuesta en el comienzo del tratamiento, explica Mulas. El especialista recuerda que uno de cada 100 niños desarrolla un comportamiento autista, en sus distintos grados y manifestaciones.
El estudio, que publica este jueves la edición electrónica de la revista Biological Psychiatry, se centra en dos aspectos del órgano del que parte el cordón umbilical y que hace de enlace entre la madre y el feto: la presencia de pliegues irregulares y, sobre todo, una proliferación irregular de un tipo de células denominadas trofoblastos (las primeras que se diferencian una vez se fecunda el óvulo y que forman la capa externa del blastocisto) que provoca que estén presentes en zonas donde no deberían aparecer.
Hasta el momento, el mejor indicador que existe para determinar si un niño tiene riesgo de desarrollar un trastorno autista tiene que ver con la historia familiar. Si ya tiene un niño afectado, la probabilidad de que una pareja vuelva a tener un hijo con el mismo problema se multiplica por nueve respecto a los padres que no tengan estos antecedentes.
Para llegar a los dos marcadores predictivos que describen en el trabajo, los investigadores de la Universidad de Yale, dirigidos por Harvey Kliman, y sus colaboradores del instituto de neurociencias Mind de la Universidad Davis de California sometieron a estudio a 117 placentas de bebés con hermanos afectados y, por ello, con alto riesgo de desarrollar trastornos autistas. Compararon los resultados de sus observaciones con los datos que extrajeron de otras 100 placentas que formaban el grupo de control y el resultado fue que en las placentas obtenidas de los niños considerados de riesgo encontraron hasta 15 inclusiones de trofoblastos (la presencia de estas células en zonas de la placenta donde no deberían estar) mientras que esta irregularidad solo se dio como máximo dos veces por placenta en el grupo de control. El riesgo serio comienza a partir de las cuatro inclusiones, según plantea Kliman en el trabajo.
“Es un estudio interesante”, comenta Fernando Mulas, jefe del servicio de neuropediatría del hospital La Fe de Valencia, “parece bastante contundente”. Mulas, que también es miembro del grupo de expertos en trastornos del espectro autista del Instituto de Salud Carlos III, vinculado al Ministerio de Sanidad, insiste en la importancia de comenzar el tratamiento de estos menores a la menor edad posible.
“Generalmente, si la familia ya tiene un niño afectado se practica un seguimiento estrecho al recién nacido para poder reaccionar ante los menores signos de alarma”, relata. Desde los seis u ocho meses ya se puede comenzar a detectar si el pequeño evita la mirada, si no responde a su nombre o no señala con el índice. Si estos indicios se confirman con un diagnóstico en firme, los especialistas recomiendan comenzar con una intervención temprana que consiste, básicamente, en sesiones de tratamiento conductual. “Es entonces, a edad temprana, cuando la plasticidad cerebral es mayor y los resultados son mejores”. La terapia se dirige fundamentalmente a potenciar las relaciones sociales, las capacidades comunicativas, el lenguaje y mejorar el comportamiento del menor.
Con métodos de diagnóstico precoces como el presentado por el grupo estadounidense, se podría realizar un mejor seguimiento de los casos con elevada probabilidad de desarrollar el problema, lo que implicaría una reducción de los tiempos de respuesta en el comienzo del tratamiento, explica Mulas. El especialista recuerda que uno de cada 100 niños desarrolla un comportamiento autista, en sus distintos grados y manifestaciones.
viernes, 19 de abril de 2013
La energía oscura
Ciertamente, si los ecologistas tienen razón y no podemos dar un paso
sin contar con el medio ambiente, ¿cómo imaginar que una crisis social y
económica no tiene nada que ver con el 73% del cosmos y su tremenda
energía? Hay tiempos, generalmente ignorantes como los nuestros, que
atribuyen los sucesos más relevantes a la acción dialéctica del bien y
el mal. Atascados ahora en esta perdularia crisis, nos hallaríamos
presos también de su apelmazado alquitrán, ideológico y cultural.
Presos hasta el punto de que solo mañana, cuando, el cielo se despejara (milagrosamente acaso) saldríamos a un estadio preferentemente acuoso en cuya superficie, poco a poco volveríamos a nadar. Palabra de Dios.
Este es, en fin, el cuento de liquidez y la falta de liquidez, la narración del áspero crecimiento negativo que nos sume en el pecado y del bendito crecimiento positivo que nos hará levitar.
La Biblia tenía razón. Y a sus pies se escriben las mayores historietas políticas, económicas y sencillamente domésticas.
Pero nada de todo esto es ya cierto ni tampoco funcional. Así como el gran novelista Luis Goytisolo certifica el fin de la novela al modo en que la conocemos hoy, el relato dominante del mundo padece ahora la misma ficción caduca.
No nos hallamos hundidos y desarmados porque hayamos cometido excesos de tal orden que pesan demasiado en el platillo de la transgresión, sino que por habernos atenido a una energía reductora del sistema orgánico hemos contraído una enfermedad, entre la parálisis y la apoplejía.
Pero ocurriría, simplemente, que hemos ingresado en una época inédita donde la poderosa energía oscura de Ian Condry viene a ser la nueva reina de la situación y, además, con el propósito de no detener la influencia de su potestad.
Vivir en medio de una energía positiva, vivir del pensamiento positivo y otras zarandajas ha sido la proclama y el negocio de los muchos libros de autoayuda en la etapa de la rivalidad. Pero ¿qué sucede si es la energía oscura, gravitacionalmente reactiva es la determinante de una época en la que la cooperación y la empatía se imponen como la manera de prosperar y sonreír?
Ian Condry, un antropólogo cultural del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT) escribió un libro, Soul of Anime, para hacerse una idea de lo que podría estar llegando, por oleadas, a la actualidad. Básicamente se trataría de que esa energía oscura —no vista ni palpada todavía— constituiría el desencadenante de un mundo en el que la creación de un sujeto se multiplicara por mil y cada invención se ampliara indefinidamente por la colaboración de los millones de habitantes que acceden al corazón del problema mediante un código abierto a la colectividad.
Se trate de la tecnología, la pintura, el urbanismo o la gestión, hacer entrar a la energía oscura en el pequeño recinto donde se encuentra la llamada luz sería como inaugurar un nuevo Siglo de las Luces. Una nueva luz secular que convierte el supuesto residuo de la oscuridad en la incandescencia del arco voltaico que da existencia al cine, a las células espejo y a la democracia directa con su radiante cooperación. Radiante para dejar de una vez para siempre la negrura de un mundo competitivo, unas naciones míseras o enemigas, un montón de cadáveres enlutados —simbólicos o no— cuya fila se extiende desde las torturas medievales a la crueldad de los campos de concentración, desde las falacias de la actual representación política a las tinieblas de la real corrupción.
Porque de la energía oscura, a la que esperamos, no es el negro absoluto, sino la alternativa al camelo de la transparencia y la opción a un mundo humanizado (humeado) por el colectivo sahumerio de lo mejor.
Presos hasta el punto de que solo mañana, cuando, el cielo se despejara (milagrosamente acaso) saldríamos a un estadio preferentemente acuoso en cuya superficie, poco a poco volveríamos a nadar. Palabra de Dios.
Este es, en fin, el cuento de liquidez y la falta de liquidez, la narración del áspero crecimiento negativo que nos sume en el pecado y del bendito crecimiento positivo que nos hará levitar.
La Biblia tenía razón. Y a sus pies se escriben las mayores historietas políticas, económicas y sencillamente domésticas.
Pero nada de todo esto es ya cierto ni tampoco funcional. Así como el gran novelista Luis Goytisolo certifica el fin de la novela al modo en que la conocemos hoy, el relato dominante del mundo padece ahora la misma ficción caduca.
No nos hallamos hundidos y desarmados porque hayamos cometido excesos de tal orden que pesan demasiado en el platillo de la transgresión, sino que por habernos atenido a una energía reductora del sistema orgánico hemos contraído una enfermedad, entre la parálisis y la apoplejía.
Pero ocurriría, simplemente, que hemos ingresado en una época inédita donde la poderosa energía oscura de Ian Condry viene a ser la nueva reina de la situación y, además, con el propósito de no detener la influencia de su potestad.
Vivir en medio de una energía positiva, vivir del pensamiento positivo y otras zarandajas ha sido la proclama y el negocio de los muchos libros de autoayuda en la etapa de la rivalidad. Pero ¿qué sucede si es la energía oscura, gravitacionalmente reactiva es la determinante de una época en la que la cooperación y la empatía se imponen como la manera de prosperar y sonreír?
Ian Condry, un antropólogo cultural del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT) escribió un libro, Soul of Anime, para hacerse una idea de lo que podría estar llegando, por oleadas, a la actualidad. Básicamente se trataría de que esa energía oscura —no vista ni palpada todavía— constituiría el desencadenante de un mundo en el que la creación de un sujeto se multiplicara por mil y cada invención se ampliara indefinidamente por la colaboración de los millones de habitantes que acceden al corazón del problema mediante un código abierto a la colectividad.
Se trate de la tecnología, la pintura, el urbanismo o la gestión, hacer entrar a la energía oscura en el pequeño recinto donde se encuentra la llamada luz sería como inaugurar un nuevo Siglo de las Luces. Una nueva luz secular que convierte el supuesto residuo de la oscuridad en la incandescencia del arco voltaico que da existencia al cine, a las células espejo y a la democracia directa con su radiante cooperación. Radiante para dejar de una vez para siempre la negrura de un mundo competitivo, unas naciones míseras o enemigas, un montón de cadáveres enlutados —simbólicos o no— cuya fila se extiende desde las torturas medievales a la crueldad de los campos de concentración, desde las falacias de la actual representación política a las tinieblas de la real corrupción.
Porque de la energía oscura, a la que esperamos, no es el negro absoluto, sino la alternativa al camelo de la transparencia y la opción a un mundo humanizado (humeado) por el colectivo sahumerio de lo mejor.
Un GPS en el cerebro
Nuestra posición en el espacio (en el salón de casa, por ejemplo, o en una pista de tenis) está representada en una especie de mapa interior en el hipocampo cerebral, formado por grupos de neuronas llamadas células de lugar.
Los neurocientíficos Brad Pfeiffer y David Foster, de la facultad de
Medicina de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, revelan ahora
usando ratas de laboratorio que el plan de seguir cierto trayecto (del
baño a la cocina, digamos, o de casa al trabajo) consiste en la
activación secuencial de las células de lugar que representan el trayecto en ese mapa interior. Como las notas de una melodía, solo que en el espacio.
El hipocampo es una estructura situada en el centro del cerebro, y debe el nombre a su vago parecido con un caballito de mar (hipocampo en latín). Tiene un papel esencial en la formación de memorias, y también en su recolección de la base de datos, aunque por mecanismos que todavía no se comprenden en profundidad. Pfeiffer y Foster presentan su trabajo en el artículo principal de la revista Nature.
La teoría de que el cerebro de los mamíferos contiene un mapa interior que representa la posición del individuo en el espacio es cualquier cosa menos nueva: fue propuesta en los años cuarenta por el psicólogo Edgard Tolman, de la Universidad de California en Berkeley. Tampoco es nueva la hipótesis de que ese mapa está relacionado con el hipocampo cerebral, que ya fue avanzada en los años setenta.
Pero el trabajo de los dos neurocientíficos de Baltimore va mucho más allá de esas intuiciones pioneras. Su diseño experimental, usando ratas como un sistema modelo del hipocampo humano, les ha permitido por primera vez registrar la actividad de 250 células de lugar simultáneamente y de forma continua –con una resolución temporal cercana a los 20 milisegundos— mientras la rata está resolviendo problemas equiparables a los de un taxista, como decidir la mejor forma de volver a casa tras haber estado explorando su laberíntico entorno en busca de comida.
Las ratas y los humanos usamos el mismo tipo de navegador para esto, pero las técnicas para obtener imágenes del cerebro humano en funcionamiento, como la resonancia magnética, están muy lejos de la precisión requerida para un estudio de esta clase. Solo la implantación de paneles de electrodos puede recabar toda esa información de las neuronas individuales que están haciendo el trabajo en ese momento.
Los investigadores han podido averiguar así que, justo cuando la rata está decidiendo qué camino tomar para volver a casa, las neuronas de lugar del hipocampo se disparan en una secuencia que representa los puntos sucesivos de la trayectoria que después –en efecto— seguirá.
No se trata de una trayectoria recordada, porque lo anterior es verdad incluso cuando el animal no ha tomado nunca ese camino. Se trata de una verdadera hoja de ruta, análoga a la que el GPS del coche ofrece al conductor atribulado: vaya hasta aquella glorieta, luego tome hacia la izquierda y demás. Una verdadera simulación mental de lo que ocurrirá después.
El hipocampo no está solo implicado en los mapas espaciales, sino también en otros tipos de memoria. ¿Es posible, entonces, que las secuencias de activación neuronal que han descubierto Pfeiffer y Foster funcionen también cuando recordamos una melodía o pronunciamos una frase?
“Es muy posible”, responde Foster a EL PAÍS. “Otros investigadores como Howard Eichenbaum, de la Universidad de Boston, han mostrado que las células de lugar no solo responden a la posición en el espacio, sino también en otras situaciones. De modo que el hipocampo puede ofrecer un juego de neuronas de uso general capaces de responder de distintas formas a diferentes situaciones”.
“Nuestro trabajo muestra que estas células se activan en secuencias”, prosigue el neurocientífico de Baltimore, “lo que puede reflejar una especie de proceso de resolución de problemas, y también un proceso de memoria, en el que pueden basarse otras habilidades cognitivas además de la navegación espacial; hay trabajos, de hecho, que implican al hipocampo humano en el lenguaje”.
La próxima vez que salga de casa, no olvide su GPS cerebral.
El hipocampo es una estructura situada en el centro del cerebro, y debe el nombre a su vago parecido con un caballito de mar (hipocampo en latín). Tiene un papel esencial en la formación de memorias, y también en su recolección de la base de datos, aunque por mecanismos que todavía no se comprenden en profundidad. Pfeiffer y Foster presentan su trabajo en el artículo principal de la revista Nature.
La teoría de que el cerebro de los mamíferos contiene un mapa interior que representa la posición del individuo en el espacio es cualquier cosa menos nueva: fue propuesta en los años cuarenta por el psicólogo Edgard Tolman, de la Universidad de California en Berkeley. Tampoco es nueva la hipótesis de que ese mapa está relacionado con el hipocampo cerebral, que ya fue avanzada en los años setenta.
Pero el trabajo de los dos neurocientíficos de Baltimore va mucho más allá de esas intuiciones pioneras. Su diseño experimental, usando ratas como un sistema modelo del hipocampo humano, les ha permitido por primera vez registrar la actividad de 250 células de lugar simultáneamente y de forma continua –con una resolución temporal cercana a los 20 milisegundos— mientras la rata está resolviendo problemas equiparables a los de un taxista, como decidir la mejor forma de volver a casa tras haber estado explorando su laberíntico entorno en busca de comida.
Las ratas y los humanos usamos el mismo tipo de navegador para esto, pero las técnicas para obtener imágenes del cerebro humano en funcionamiento, como la resonancia magnética, están muy lejos de la precisión requerida para un estudio de esta clase. Solo la implantación de paneles de electrodos puede recabar toda esa información de las neuronas individuales que están haciendo el trabajo en ese momento.
Los investigadores han podido averiguar así que, justo cuando la rata está decidiendo qué camino tomar para volver a casa, las neuronas de lugar del hipocampo se disparan en una secuencia que representa los puntos sucesivos de la trayectoria que después –en efecto— seguirá.
No se trata de una trayectoria recordada, porque lo anterior es verdad incluso cuando el animal no ha tomado nunca ese camino. Se trata de una verdadera hoja de ruta, análoga a la que el GPS del coche ofrece al conductor atribulado: vaya hasta aquella glorieta, luego tome hacia la izquierda y demás. Una verdadera simulación mental de lo que ocurrirá después.
El hipocampo no está solo implicado en los mapas espaciales, sino también en otros tipos de memoria. ¿Es posible, entonces, que las secuencias de activación neuronal que han descubierto Pfeiffer y Foster funcionen también cuando recordamos una melodía o pronunciamos una frase?
“Es muy posible”, responde Foster a EL PAÍS. “Otros investigadores como Howard Eichenbaum, de la Universidad de Boston, han mostrado que las células de lugar no solo responden a la posición en el espacio, sino también en otras situaciones. De modo que el hipocampo puede ofrecer un juego de neuronas de uso general capaces de responder de distintas formas a diferentes situaciones”.
“Nuestro trabajo muestra que estas células se activan en secuencias”, prosigue el neurocientífico de Baltimore, “lo que puede reflejar una especie de proceso de resolución de problemas, y también un proceso de memoria, en el que pueden basarse otras habilidades cognitivas además de la navegación espacial; hay trabajos, de hecho, que implican al hipocampo humano en el lenguaje”.
La próxima vez que salga de casa, no olvide su GPS cerebral.
¿Se pueden patentar los genes humanos?
Quien describió y comprendió por vez primera la función de
determinado gen humano ¿puede reclamar la propiedad intelectual de este
fragmento de ADN? ¿Puede una empresa reservarse de forma exclusiva la
explotación comercial de la información relacionada con las mutaciones
que predisponen a desarrollar una enfermedad? Si la caracterización de
un gen y de sus variantes parten de datos que se encuentran en cada uno
de nosotros ¿no deberían ser patrimonio de toda la humanidad?
Desde el pasado lunes, el Tribunal Supremo de Estados Unidos tiene sobre la mesa un caso en el que debe dar respuesta a todas estas cuestiones, que se podrían simplificar en una sola: ¿es legal patentar un gen humano? Un sí rotundo ha cimentado la doctrina que ha amparado a lo largo de los últimos 30 años la regulación comercial de la biotecnología, la biomedicina, la industria farmacéutica o la alimentaria. Una demanda impulsada por dos entidades civiles amenaza con dar un vuelco total a esta situación.
“El resultado de esta decisión será muy importante, también para Europa”, destaca Alfonso Valencia, vicedirector de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), que recuerda que buena parte de los derechos de propiedad intelectual de los fragmentos de ADN se encuentran en manos de compañías estadounidenses. Si se refrenda el sistema de patentes actual “se consagrará el derecho de las empresas privadas a reservarse información genética”, añade. Y a beneficiarse en exclusiva de estos datos de interés general científico y terapéutico. La respuesta no se espera para antes del mes de junio.
Patentable: Genes y moléculas de ácidos nucleicos (por ejemplo: genes relacionados con enfermedades para el diagnóstico); proteínas (por ejemplo: insulina, eritropoyetina para terapia); enzimas (como las que deterioran la celulosa para la producción de biocombustibles); anticuerpos (para el tratamiento del cáncer, tests de embarazo, o diagnósticos); virus y secuencias de virus (el virus de la hepatitis C y del VIH para el análisis de sangre) o células (células madre hematopoyéticas para el tratamiento de la leucemia). También microorganismos (levadura para la producción de comida); plantas (semillas de soja resistentes a los herbicidas, plantas resistentes a las sequías) o animales (modelos para la investigación, animales donantes para la xenotransplantación)
No patentable: secuencias genéticas sin una función conocida, animales modificados genéticamente que sufren pero no reportan beneficio médico significativo; variedades vegetales ya protegidas en virtud del Convenio de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales, (como las manzanas Golden Delicious), variedades animales (el ganado de raza Holstein), embriones humanos, esperma u ovocitos e híbridos de humanos y animales.
En el centro del debate que ha llegado a la instancia judicial más
elevada de los Estados Unidos se encuentra algo tan sensible como el
cáncer. En concreto, dos de los genes más relacionados con el desarrollo
de tumores de mama hereditarios, el BRCA1 y el BRCA2. Alteraciones
vinculadas con el primero están asociadas con un 5% de los 22.000
cánceres de mama que se diagnostican al año en España. Las mujeres con
copias defectuosas en uno u otro gen tienen un riesgo del 60% de tener
una neoplasia en el pecho a lo largo de su vida (frente al 12-13% de la
población femenina general). En el caso de cáncer de ovario el
porcentaje desciende hasta al 20%.
La compañía Myriad Genetics en colaboración con la Universidad de Utah fue la primera en secuenciar estos dos genes, es decir, en describir el orden de los nucleótidos (las letras químicas o bases accggta…) que los forman, así como en relacionar las mutaciones que analizaron con la aparición de tumores y en describir que el análisis de estas alteraciones se podía usar para evaluar el riesgo de desarrollar un tumor. La firma estadounidense reclamó la propiedad intelectual sobre todo ello en su país. En 1994 patentó la secuencia del BRCA1. En 1997 obtuvo los derechos sobre una serie de secuencias mutantes del gen. Y más adelante, protegió el segundo gen, el BRCA2.
Así, Myriad se reservó los derechos sobre los genes, secuencias de copias mutadas y su empleo en diagnóstico y pronóstico de cáncer de mama y ovario, además de terapias y medicamentos. Gracias a ello, la compañía tiene la licencia exclusiva de la comercialización en Estados Unidos del test que sirve para identificar las alteraciones en los dos genes que se relacionan con el riesgo de desarrollar la enfermedad.
Este privilegio ha supuesto que la firma con sede en Salt Lake City (Utah) haya acumulado ingentes sumas de información relacionada con la variabilidad genética de los genes BRCA1 y BRCA2 y su relación con el desarrollo de tumores, gracias a los datos recogidos de los pacientes que ha analizado con sus equipos. Todo este conocimiento está guardado bajo llave, y, en contra de la práctica común de la comunidad científica, no se ha volcado en las bases de datos públicas (Human Gene Mutation Database, Leiden Open Variation Database o Breast Cancer Information Core, esta última específica sobre las mutaciones en los genes causantes del cáncer de mama hereditario) que manejan los investigadores y que sirven para avanzar en el conocimiento de las enfermedades y su tratamiento.
“Se estima que Myriad cuenta con un conocimiento miles de veces superior al que se comparte en los registros abiertos respecto a estos dos genes”, apunta Valencia, “y esto es lo que puede confirmar la sentencia, el control exclusivo sobre la información relacionada con los genes”.
La Fundación Patentes Públicas (Patent Public Foundation, PubPat) y la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (American Civil Liberties Union, ACLU) presentaron en mayo de 2009 una denuncia contra esta exclusividad por considerarla inválida e inconstitucional. “Como resultado de ello, la investigación se ha retrasado, limitado o incluso bloqueado”, justificó Pubpat. Pero además, estas entidades critican otras consecuencias del férreo control legal que impone Myriad. Por ejemplo, el hecho de centralizar en sus laboratorios el análisis de las alteraciones en estos dos genes —cuyo coste ronda los 3.000 euros— impide el recurso a una segunda opinión respecto al resultado. El veto a otras compañías también obstaculiza que investigadores ajenos a la compañía puedan mejorar los sistemas de examen que monopoliza la firma estadounidense (por ejemplo, para incorporar nuevas mutaciones cancerígenas que se le hayan pasado por alto a Myriad).
La primera vista, celebrada en 2010, le dio la razón a los demandantes. “La identificación de las secuencias de BRCA1 y BRCA2 es un hito científico de un valor incuestionable por el que Myriad merece reconocimiento, pero esto no supone que por ello pueda poseer una patente”, expuso el juez Robert Sweet, de un tribunal del distrito sur de Nueva York. Los genes “son productos de la naturaleza, no invenciones, por ello no pueden estar sujetos a las leyes de propiedad intelectual”. El juez tumbó todas las patentes: “La purificación de un producto natural, sin más, no puede transformarse en una patente. Y como el ADN aislado no es diferente del ADN en estado natural, no es patentable”.
La medida, revolucionaria, solo era aplicable a parte de Nueva York. Fue recurrida en un tribunal federal de apelaciones que —en un proceso con idas y venidas al Tribunal Supremo— defendió la legalidad de patentar los genes. Ahora, el procedimiento se encuentra pendiente de que la instancia judicial más elevada del país tome una decisión firme sobre la cuestión.
Más allá de decidir si se puede patentar un gen “algo difícilmente aceptable”, como plantea Alfonso Valencia, el tribunal debe determinar “si se puede patentar un derivado artificial de un gen”. O como explica mediante un símil “si se puede patentar un bate de béisbol pese a obtenerse de un árbol y estar hecho de esa misma madera”.
La patente no afectaría al fragmento de ADN del gen, que no es manejable en términos prácticos en un laboratorio, sino al denominado ADN copia (cDNA, en inglés), el que se obtiene de replicar mediante un proceso de biología molecular a la molécula que transmite la información del gen (el ARN mensajero). “Por tanto, el debate consiste en determinar si haber obtenido mediante un procedimiento bioquímico estandarizado y ya conocido ese ADN copia es una invención suficientemente distinta del propio gen del que se deriva como para poderse registrar”, reflexiona Valencia.
Si dependiera del investigador del CNIO, la razón caería de parte de los demandantes. Valencia considera que este procedimiento no hace de la estructura resultante (el cDNA) algo esencialmente distinto del gen original que se encuentra en el genoma humano, por lo que no aporta nada nuevo. “En ambos casos, la información genética es la misma”.
Una respuesta del tribunal contraria a la compañía sería positiva, según el investigador del CNIO, que recoge el sentir de la gran mayoría de la comunidad científica. “Corregiría el derecho de las empresas privadas a reservarse información y redundaría en el beneficio de la humanidad”.
Xavier Estivill, investigador del Centro de Regulación Genómica (CRG) de Barcelona, también cree que si el tribunal da la razón a los demandantes “será una buena noticia: los genes son patrimonio de todo el mundo”. Estivill no es ajeno al papel de las patentes en el ámbito de la ciencia y a su importancia: “Sin protección de la propiedad intelectual sería difícil atraer inversiones”. Pero para conceder este tipo de derechos considera que debe existir una aportación científica que vaya más allá de la secuenciación del gen y la descripción de su función.
El investigador del CRG defiende esta opinión a pesar de que la decisión de no patentar genes le haya costado algún disgusto. Estivill recuerda cómo hace unos años su equipo identificó el gen vinculado a la proteína conexina 26 (GJB2) y las mutaciones vinculadas a la modalidad de sordera hereditaria más frecuente. “Decidimos no patentarlo”, rememora, y, de esta forma, no poner trabas a su uso y la investigación relacionada con él. Para su sorpresa, un año más tarde encontró que ese mismo gen y sus aplicaciones para uso diagnóstico las había registrado un instituto de investigación francés que prefiere no detallar. “Sospechamos de uno de los revisores del artículo que entregamos para publicar en una revista científica”, comenta.
Francisco Fernández Brañas, uno de los directores del departamento de biotecnología de la Oficina Europea de Patentes (OEP), defiende el valor de la propiedad intelectual. Fernández Brañas relata que, como sucede hasta ahora en Estados Unidos, en Europa los genes también son patentables, aunque explica que la protección se limita a acotar la explotación comercial, no el uso científico. La posibilidad de patentarlos fue aprobada en 1998 por el Parlamento Europeo mediante una directiva.
Los requisitos para que se pueda conceder protección europea sobre un gen humano exigen que no se haya descrito previamente, que se haya aislado del cuerpo y que tenga una aplicación —“que resuelva un problema técnico”, en palabras del responsable de la OEP—. En el caso del BRCA1 y BRCA2, por ejemplo, que sirvan para detectar el riesgo de desarrollar un tumor.
¿Deberían pertenecer las patentes a la sociedad? Fernández Brañas considera que no. Y para justificarlo, recurre a los argumentos que plantea de forma recurrente la industria farmacéutica para justificar su modelo de negocio. “Las patentes son muy importantes para la industria, son hasta ahora el único mecanismo que garantiza que exista un retorno de la inversión que destinan las empresas a la investigación y desarrollo de nuevas formas de diagnóstico, terapias o medicamentos”.
“Detrás de esta cuestión hay muchos intereses, y no digo que no sean legítimos, pero las ventajas económicas relacionadas con las patentes en este ámbito son evidentes”. Andrés Moya, premio nacional del año pasado de la Sociedad Española de Genética, habla desde la doble perspectiva que le aporta ser licenciado en filosofía y genetista. “De aplicarse una interpretación estricta al concepto de patente, se requeriría que hubiese un invento, y, en el caso de los genes, la invención correspondería a la naturaleza”, explica este catedrático de Genética y director científico del Centro Superior de Investigación de Salud Pública de Valencia. “Es un terreno muy complicado, los legisladores han diseñado una normativa que permite patentar, es decir, privatizar un bien universal para generar negocio con él”, comenta. “Incluso cuando se sintetiza químicamente un gen, esto es algo que la naturaleza ya ha hecho antes, es un terreno muy escurridizo”.
Existen distintas categorías de patentes. En Europa, Myriad tiene concedidas varias relacionadas con dos clases de permisos distintos. Uno de ellos es la llamada patente de método, y hace referencia a varios procedimientos de análisis genético del BRCA1 para determinar el riesgo de desarrollar cáncer. Otra es una patente de producto, vinculada a la protección de un fragmento de este mismo gen que se usa para detectar las mutaciones vinculadas a la enfermedad, según apunta Fernández Brañas.
Estas licencias, a pesar de ser bastante más limitadas de las que Myriad tiene en Estados Unidos, le conceden derechos de protección sobre los métodos de análisis que tiene registrados. También en España, aunque distintas fuentes consultadas explican que no tienen conocimiento de que la compañía estadounidense haya hecho movimientos para proteger sus intereses. “Yo creo que prevalece una cuestión de imagen, la compañía ya tiene bastante mala prensa como para crearse más enemigos en Europa”, indica una persona del sector que prefiere no ser identificado.
Manuel Pérez Alonso, profesor de Genética de la Universidad de Valencia y director del Instituto de Medicina Genómica, lo confirma. “Nosotros hacemos varios cientos de análisis genéticos de BRCA1 y BRCA2 al año sin ningún problema”, explica. “Hay una especie de limbo legal; en general, los centros pasan por alto el tema de la patente. Supongo que Myriad podría forzar para imponerlo, pero no lo hace”.
Quizás sea cuestión de tiempo. En Australia, Myriad recibió en febrero un aval a sus licencias relacionadas con los genes BRCA1 y BRCA2 al confirmar los tribunales su derecho a patentar material genético aislado. Ahora todos los ojos están puestos sobre el Tribunal Supremo estadounidense y la decisión que probablemente marcará el futuro sobre las patentes de los genes.
Desde el pasado lunes, el Tribunal Supremo de Estados Unidos tiene sobre la mesa un caso en el que debe dar respuesta a todas estas cuestiones, que se podrían simplificar en una sola: ¿es legal patentar un gen humano? Un sí rotundo ha cimentado la doctrina que ha amparado a lo largo de los últimos 30 años la regulación comercial de la biotecnología, la biomedicina, la industria farmacéutica o la alimentaria. Una demanda impulsada por dos entidades civiles amenaza con dar un vuelco total a esta situación.
“El resultado de esta decisión será muy importante, también para Europa”, destaca Alfonso Valencia, vicedirector de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), que recuerda que buena parte de los derechos de propiedad intelectual de los fragmentos de ADN se encuentran en manos de compañías estadounidenses. Si se refrenda el sistema de patentes actual “se consagrará el derecho de las empresas privadas a reservarse información genética”, añade. Y a beneficiarse en exclusiva de estos datos de interés general científico y terapéutico. La respuesta no se espera para antes del mes de junio.
Guía para registrar la vida
La Oficina Española de Patentes y Marcas tradujo y adaptó en enero cuatro folletos de la Oficina Europea de Patentes (OEP). Uno de ellos titulado ¿Patentar la vida?, sobre propiedad intelectual en materia biotecnológica especificaba qué se podía registrar.Patentable: Genes y moléculas de ácidos nucleicos (por ejemplo: genes relacionados con enfermedades para el diagnóstico); proteínas (por ejemplo: insulina, eritropoyetina para terapia); enzimas (como las que deterioran la celulosa para la producción de biocombustibles); anticuerpos (para el tratamiento del cáncer, tests de embarazo, o diagnósticos); virus y secuencias de virus (el virus de la hepatitis C y del VIH para el análisis de sangre) o células (células madre hematopoyéticas para el tratamiento de la leucemia). También microorganismos (levadura para la producción de comida); plantas (semillas de soja resistentes a los herbicidas, plantas resistentes a las sequías) o animales (modelos para la investigación, animales donantes para la xenotransplantación)
No patentable: secuencias genéticas sin una función conocida, animales modificados genéticamente que sufren pero no reportan beneficio médico significativo; variedades vegetales ya protegidas en virtud del Convenio de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales, (como las manzanas Golden Delicious), variedades animales (el ganado de raza Holstein), embriones humanos, esperma u ovocitos e híbridos de humanos y animales.
La compañía Myriad Genetics en colaboración con la Universidad de Utah fue la primera en secuenciar estos dos genes, es decir, en describir el orden de los nucleótidos (las letras químicas o bases accggta…) que los forman, así como en relacionar las mutaciones que analizaron con la aparición de tumores y en describir que el análisis de estas alteraciones se podía usar para evaluar el riesgo de desarrollar un tumor. La firma estadounidense reclamó la propiedad intelectual sobre todo ello en su país. En 1994 patentó la secuencia del BRCA1. En 1997 obtuvo los derechos sobre una serie de secuencias mutantes del gen. Y más adelante, protegió el segundo gen, el BRCA2.
Así, Myriad se reservó los derechos sobre los genes, secuencias de copias mutadas y su empleo en diagnóstico y pronóstico de cáncer de mama y ovario, además de terapias y medicamentos. Gracias a ello, la compañía tiene la licencia exclusiva de la comercialización en Estados Unidos del test que sirve para identificar las alteraciones en los dos genes que se relacionan con el riesgo de desarrollar la enfermedad.
Este privilegio ha supuesto que la firma con sede en Salt Lake City (Utah) haya acumulado ingentes sumas de información relacionada con la variabilidad genética de los genes BRCA1 y BRCA2 y su relación con el desarrollo de tumores, gracias a los datos recogidos de los pacientes que ha analizado con sus equipos. Todo este conocimiento está guardado bajo llave, y, en contra de la práctica común de la comunidad científica, no se ha volcado en las bases de datos públicas (Human Gene Mutation Database, Leiden Open Variation Database o Breast Cancer Information Core, esta última específica sobre las mutaciones en los genes causantes del cáncer de mama hereditario) que manejan los investigadores y que sirven para avanzar en el conocimiento de las enfermedades y su tratamiento.
“Se estima que Myriad cuenta con un conocimiento miles de veces superior al que se comparte en los registros abiertos respecto a estos dos genes”, apunta Valencia, “y esto es lo que puede confirmar la sentencia, el control exclusivo sobre la información relacionada con los genes”.
La Fundación Patentes Públicas (Patent Public Foundation, PubPat) y la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (American Civil Liberties Union, ACLU) presentaron en mayo de 2009 una denuncia contra esta exclusividad por considerarla inválida e inconstitucional. “Como resultado de ello, la investigación se ha retrasado, limitado o incluso bloqueado”, justificó Pubpat. Pero además, estas entidades critican otras consecuencias del férreo control legal que impone Myriad. Por ejemplo, el hecho de centralizar en sus laboratorios el análisis de las alteraciones en estos dos genes —cuyo coste ronda los 3.000 euros— impide el recurso a una segunda opinión respecto al resultado. El veto a otras compañías también obstaculiza que investigadores ajenos a la compañía puedan mejorar los sistemas de examen que monopoliza la firma estadounidense (por ejemplo, para incorporar nuevas mutaciones cancerígenas que se le hayan pasado por alto a Myriad).
La primera vista, celebrada en 2010, le dio la razón a los demandantes. “La identificación de las secuencias de BRCA1 y BRCA2 es un hito científico de un valor incuestionable por el que Myriad merece reconocimiento, pero esto no supone que por ello pueda poseer una patente”, expuso el juez Robert Sweet, de un tribunal del distrito sur de Nueva York. Los genes “son productos de la naturaleza, no invenciones, por ello no pueden estar sujetos a las leyes de propiedad intelectual”. El juez tumbó todas las patentes: “La purificación de un producto natural, sin más, no puede transformarse en una patente. Y como el ADN aislado no es diferente del ADN en estado natural, no es patentable”.
La medida, revolucionaria, solo era aplicable a parte de Nueva York. Fue recurrida en un tribunal federal de apelaciones que —en un proceso con idas y venidas al Tribunal Supremo— defendió la legalidad de patentar los genes. Ahora, el procedimiento se encuentra pendiente de que la instancia judicial más elevada del país tome una decisión firme sobre la cuestión.
Más allá de decidir si se puede patentar un gen “algo difícilmente aceptable”, como plantea Alfonso Valencia, el tribunal debe determinar “si se puede patentar un derivado artificial de un gen”. O como explica mediante un símil “si se puede patentar un bate de béisbol pese a obtenerse de un árbol y estar hecho de esa misma madera”.
La patente no afectaría al fragmento de ADN del gen, que no es manejable en términos prácticos en un laboratorio, sino al denominado ADN copia (cDNA, en inglés), el que se obtiene de replicar mediante un proceso de biología molecular a la molécula que transmite la información del gen (el ARN mensajero). “Por tanto, el debate consiste en determinar si haber obtenido mediante un procedimiento bioquímico estandarizado y ya conocido ese ADN copia es una invención suficientemente distinta del propio gen del que se deriva como para poderse registrar”, reflexiona Valencia.
Si dependiera del investigador del CNIO, la razón caería de parte de los demandantes. Valencia considera que este procedimiento no hace de la estructura resultante (el cDNA) algo esencialmente distinto del gen original que se encuentra en el genoma humano, por lo que no aporta nada nuevo. “En ambos casos, la información genética es la misma”.
Una respuesta del tribunal contraria a la compañía sería positiva, según el investigador del CNIO, que recoge el sentir de la gran mayoría de la comunidad científica. “Corregiría el derecho de las empresas privadas a reservarse información y redundaría en el beneficio de la humanidad”.
Xavier Estivill, investigador del Centro de Regulación Genómica (CRG) de Barcelona, también cree que si el tribunal da la razón a los demandantes “será una buena noticia: los genes son patrimonio de todo el mundo”. Estivill no es ajeno al papel de las patentes en el ámbito de la ciencia y a su importancia: “Sin protección de la propiedad intelectual sería difícil atraer inversiones”. Pero para conceder este tipo de derechos considera que debe existir una aportación científica que vaya más allá de la secuenciación del gen y la descripción de su función.
El investigador del CRG defiende esta opinión a pesar de que la decisión de no patentar genes le haya costado algún disgusto. Estivill recuerda cómo hace unos años su equipo identificó el gen vinculado a la proteína conexina 26 (GJB2) y las mutaciones vinculadas a la modalidad de sordera hereditaria más frecuente. “Decidimos no patentarlo”, rememora, y, de esta forma, no poner trabas a su uso y la investigación relacionada con él. Para su sorpresa, un año más tarde encontró que ese mismo gen y sus aplicaciones para uso diagnóstico las había registrado un instituto de investigación francés que prefiere no detallar. “Sospechamos de uno de los revisores del artículo que entregamos para publicar en una revista científica”, comenta.
Francisco Fernández Brañas, uno de los directores del departamento de biotecnología de la Oficina Europea de Patentes (OEP), defiende el valor de la propiedad intelectual. Fernández Brañas relata que, como sucede hasta ahora en Estados Unidos, en Europa los genes también son patentables, aunque explica que la protección se limita a acotar la explotación comercial, no el uso científico. La posibilidad de patentarlos fue aprobada en 1998 por el Parlamento Europeo mediante una directiva.
Los requisitos para que se pueda conceder protección europea sobre un gen humano exigen que no se haya descrito previamente, que se haya aislado del cuerpo y que tenga una aplicación —“que resuelva un problema técnico”, en palabras del responsable de la OEP—. En el caso del BRCA1 y BRCA2, por ejemplo, que sirvan para detectar el riesgo de desarrollar un tumor.
¿Deberían pertenecer las patentes a la sociedad? Fernández Brañas considera que no. Y para justificarlo, recurre a los argumentos que plantea de forma recurrente la industria farmacéutica para justificar su modelo de negocio. “Las patentes son muy importantes para la industria, son hasta ahora el único mecanismo que garantiza que exista un retorno de la inversión que destinan las empresas a la investigación y desarrollo de nuevas formas de diagnóstico, terapias o medicamentos”.
“Detrás de esta cuestión hay muchos intereses, y no digo que no sean legítimos, pero las ventajas económicas relacionadas con las patentes en este ámbito son evidentes”. Andrés Moya, premio nacional del año pasado de la Sociedad Española de Genética, habla desde la doble perspectiva que le aporta ser licenciado en filosofía y genetista. “De aplicarse una interpretación estricta al concepto de patente, se requeriría que hubiese un invento, y, en el caso de los genes, la invención correspondería a la naturaleza”, explica este catedrático de Genética y director científico del Centro Superior de Investigación de Salud Pública de Valencia. “Es un terreno muy complicado, los legisladores han diseñado una normativa que permite patentar, es decir, privatizar un bien universal para generar negocio con él”, comenta. “Incluso cuando se sintetiza químicamente un gen, esto es algo que la naturaleza ya ha hecho antes, es un terreno muy escurridizo”.
Existen distintas categorías de patentes. En Europa, Myriad tiene concedidas varias relacionadas con dos clases de permisos distintos. Uno de ellos es la llamada patente de método, y hace referencia a varios procedimientos de análisis genético del BRCA1 para determinar el riesgo de desarrollar cáncer. Otra es una patente de producto, vinculada a la protección de un fragmento de este mismo gen que se usa para detectar las mutaciones vinculadas a la enfermedad, según apunta Fernández Brañas.
Estas licencias, a pesar de ser bastante más limitadas de las que Myriad tiene en Estados Unidos, le conceden derechos de protección sobre los métodos de análisis que tiene registrados. También en España, aunque distintas fuentes consultadas explican que no tienen conocimiento de que la compañía estadounidense haya hecho movimientos para proteger sus intereses. “Yo creo que prevalece una cuestión de imagen, la compañía ya tiene bastante mala prensa como para crearse más enemigos en Europa”, indica una persona del sector que prefiere no ser identificado.
Manuel Pérez Alonso, profesor de Genética de la Universidad de Valencia y director del Instituto de Medicina Genómica, lo confirma. “Nosotros hacemos varios cientos de análisis genéticos de BRCA1 y BRCA2 al año sin ningún problema”, explica. “Hay una especie de limbo legal; en general, los centros pasan por alto el tema de la patente. Supongo que Myriad podría forzar para imponerlo, pero no lo hace”.
Quizás sea cuestión de tiempo. En Australia, Myriad recibió en febrero un aval a sus licencias relacionadas con los genes BRCA1 y BRCA2 al confirmar los tribunales su derecho a patentar material genético aislado. Ahora todos los ojos están puestos sobre el Tribunal Supremo estadounidense y la decisión que probablemente marcará el futuro sobre las patentes de los genes.
sábado, 13 de abril de 2013
Un extraño homínido que aspira a cambiar la historia evolutiva
Dos esqueletos fosilizados, bastante completos y bien conservados, de unos extraños australopitecos que vivieron en África hace casi dos millones de años desconciertan al batallón de investigadores de 16 instituciones de todo el mundo que los han estudiado a fondo. Los Australopithecus sediba, que así se llaman, eran capaces de caminar erguidos, aunque no con tanta soltura como la especie humana, dado su talón simiesco; pero, a la vez, treparían por los árboles y las rocas con destreza. Por sus dientes, columna vertebral y mandíbula eran parecidos a los humanos primitivos, pero sus hombros y brazos eran más bien de mono, y la caja torácica superior se parece a la de los grandes simios. La extraña criatura tenía el cerebro pequeño. Entonces, ¿está en la línea ancestral de la especie humana o no? ¿Dónde encaja en el árbol de familia de los homínidos? Los paleontólogos siguen sin tenerlo claro. Ya apuntaban a esa indefinición hace dos años, cuando presentaron oficialmente los fósiles de A.sediba, descubiertos dos años antes en Sudáfrica. Desde entonces, los científicos, divididos en seis equipos de especialistas que se han repartido los fósiles (dientes unos, brazos otros, extremidades inferiores otros, etcétera) han analizado exhaustivamente los esqueletos descubiertos de aquellos dos misteriosos individuos (más un tercero representado solo por un fragmento de tibia). Han comparado los huesos con restos de otras especies de australopitecos y de humanos y escrito seis artículos en la revista Science con sus conclusiones.
Este exhaustivo examen “nos da una idea de una especie de homínido que parece un mosaico en su anatomía y que presenta un conjunto de complejos funcionales que son diferentes tanto de lo predicho para otros australopitecos como los del Homo primitivo”, resume Lee R.Berger, descubridor de A.sediba y líder de la investigación, en la revista Science. “La clara visión de la anatomía de esta especie de homínido primitivo tendrá claramente implicaciones a la hora de interpretar el proceso evolutivo que afecta al modo y al tiempo de la evolución de los homínidos y la interpretación de la anatomía de las especies no tan bien conocidas”.
Berger, o más bien su hijo Mathieu, de nueve años, descubrió el primer fósil de lo que luego se denominó A.sediba, en agosto de 2008, en los alrededores de Johanesburgo, en concreto en un lugar llamado Malapa. Fue el pistoletazo de salida y Berger (investigador de la Universidad de Witwateersrand, Suráfrica) inició con su equipo científico una exploración intensa. En total han salido ya a la luz los restos esqueléticos de dos individuos, una mujer y un hombre joven, más un hueso de un tercero. Medirían 1,27 metros de altura, ella pesaría unos 33 kilos y él, 27, y su cerebro rondaría los 420 o 450 centímetros cúbicos, frente a los 1.200 a 1.600 del nuestro.
En la antigua visión de la evolución, el A.sediba sería el perfecto eslabón perdido, el ejemplar oportuno que tiene unos rasgos del precedente en antigüedad y otros del siguiente. Pero los científicos saben que la cosa no funciona así, que la evolución no es una cadena, sino una intrincada ramificación de especies con ancestros comunes y parentescos más o menos próximos. La cuestión es situar este homínido con un mosaico de características en ese árbol de familia. Además, la antigüedad es clave en este caso porque hace dos millones de años existía ya en África el Homo erectus, antepasado del Homo sapiens y, seguramente, el primero que salió del continente ancestral y se expandió por el viejo mundo. A.sediba se ha datado en 1.980.000 años.
Los investigadores, en sus estudios comparativos, se han centrado sobre todo en los rasgos de aquel H.erectus y en un australopiteco anterior al A.sediba, el A.africanus. Pero entra en el debate una especie más de australopiteco, A.afarensis, a la que pertenece el célebre esqueleto Lucy, adoptado como abuela ancestral de la humanidad, aunque hay ya importantes paleoantropólogos que se inclinan por sacar a la familia de Lucy de la línea evolutiva humana. Berger sugiere “la posibilidad de que A.sediba y tal vez A.africanus no descienden del linaje de A.afarensis” y él no llega a afirmar que los fósiles de Malapa se sitúen en la línea humana, pero Science destaca que “el conjunto de análisis ahora presentado parece apuntar hacia un probable ancestro del género Homo”. El hecho de que Lucy y su familia fuesen bípedos parece complicar las cosas para los A.sediba, si estos no descienden de los A.afarensis. Pero “múltiples formas de bipedalismo fueron practicadas por nuestros ancestros primitivos homínidos”, señala el científico de Johanesburgo.
Las grandes preguntas acerca de la extraña criatura de Malapa siguen abiertas, y los científicos aspiran a contestarlas, sobre todo cuando tengan más fósiles de esta especie. El próximo verano Berger y su equipo retomarán la excavación en el yacimiento. Tal vez el A.sediba sea un antepasado remoto del Homo sapiens, o tal vez fuera un especie de homínido que acabó en un callejón sin salida de la evolución, es decir, extinguiéndose.
Este exhaustivo examen “nos da una idea de una especie de homínido que parece un mosaico en su anatomía y que presenta un conjunto de complejos funcionales que son diferentes tanto de lo predicho para otros australopitecos como los del Homo primitivo”, resume Lee R.Berger, descubridor de A.sediba y líder de la investigación, en la revista Science. “La clara visión de la anatomía de esta especie de homínido primitivo tendrá claramente implicaciones a la hora de interpretar el proceso evolutivo que afecta al modo y al tiempo de la evolución de los homínidos y la interpretación de la anatomía de las especies no tan bien conocidas”.
Berger, o más bien su hijo Mathieu, de nueve años, descubrió el primer fósil de lo que luego se denominó A.sediba, en agosto de 2008, en los alrededores de Johanesburgo, en concreto en un lugar llamado Malapa. Fue el pistoletazo de salida y Berger (investigador de la Universidad de Witwateersrand, Suráfrica) inició con su equipo científico una exploración intensa. En total han salido ya a la luz los restos esqueléticos de dos individuos, una mujer y un hombre joven, más un hueso de un tercero. Medirían 1,27 metros de altura, ella pesaría unos 33 kilos y él, 27, y su cerebro rondaría los 420 o 450 centímetros cúbicos, frente a los 1.200 a 1.600 del nuestro.
En la antigua visión de la evolución, el A.sediba sería el perfecto eslabón perdido, el ejemplar oportuno que tiene unos rasgos del precedente en antigüedad y otros del siguiente. Pero los científicos saben que la cosa no funciona así, que la evolución no es una cadena, sino una intrincada ramificación de especies con ancestros comunes y parentescos más o menos próximos. La cuestión es situar este homínido con un mosaico de características en ese árbol de familia. Además, la antigüedad es clave en este caso porque hace dos millones de años existía ya en África el Homo erectus, antepasado del Homo sapiens y, seguramente, el primero que salió del continente ancestral y se expandió por el viejo mundo. A.sediba se ha datado en 1.980.000 años.
Los investigadores, en sus estudios comparativos, se han centrado sobre todo en los rasgos de aquel H.erectus y en un australopiteco anterior al A.sediba, el A.africanus. Pero entra en el debate una especie más de australopiteco, A.afarensis, a la que pertenece el célebre esqueleto Lucy, adoptado como abuela ancestral de la humanidad, aunque hay ya importantes paleoantropólogos que se inclinan por sacar a la familia de Lucy de la línea evolutiva humana. Berger sugiere “la posibilidad de que A.sediba y tal vez A.africanus no descienden del linaje de A.afarensis” y él no llega a afirmar que los fósiles de Malapa se sitúen en la línea humana, pero Science destaca que “el conjunto de análisis ahora presentado parece apuntar hacia un probable ancestro del género Homo”. El hecho de que Lucy y su familia fuesen bípedos parece complicar las cosas para los A.sediba, si estos no descienden de los A.afarensis. Pero “múltiples formas de bipedalismo fueron practicadas por nuestros ancestros primitivos homínidos”, señala el científico de Johanesburgo.
Las grandes preguntas acerca de la extraña criatura de Malapa siguen abiertas, y los científicos aspiran a contestarlas, sobre todo cuando tengan más fósiles de esta especie. El próximo verano Berger y su equipo retomarán la excavación en el yacimiento. Tal vez el A.sediba sea un antepasado remoto del Homo sapiens, o tal vez fuera un especie de homínido que acabó en un callejón sin salida de la evolución, es decir, extinguiéndose.
viernes, 12 de abril de 2013
una burbuja verde en el cielo
La nebulosa IC1295, situada a unos 3.300 años luz de la Tierra, en la
constelación del Escudo del hemisferio Sur celeste, ha sido
fotografiada con gran detalle por uno de los cuatro grandes telescopios europeos VLT, en Chile,
y aparece en la imagen como una llamativa burbuja verde. Es el oxígeno
ionizado el que brilla en ese color, explican los astrónomos del
Observatorio Europeo Austral (ESO).
Las estrellas del tamaño del Sol o mayores (hasta ocho veces su masa) terminan su vida como enanas blancas, cuando han consumido el combustible que las hace brillar gracias a las reacciones de fusión nuclear en su interior. En la transición a la fase de enana blanca, la estrella ya no sujetar su atmósfera y esta se extiende por el espacio circundante de manera que, durante unos cuantos miles de años, el astro está rodeado por esta especie de burbuja gaseosa que se denomina nebulosa planetaria, añaden los expertos del ESO. El gas brilla porque esta bañado por la fuerte radiación ultravioleta que emite la estrella moribunda y los diferentes elementos químicos presentes brillan en diferentes colores. En el caso de la IC1295, es dominante el oxígeno ionizado, que brilla en verde.
El Sol también se convertirá en una nebulosa planetaria cuando termine su vida y su atmósfera expandida engullirá los planetas que tiene cerca, incluida la Tierra. Nuestra estrella tiene ya unos 4.600 millones de años y le quedan otros tantos, aproximadamente.
En la imagen de la IC11295, se aprecia en el centro de la nebulosa el núcleo de la vieja estrella como un punto blanco azulado, que acabará convirtiéndose en una muy débil enana blanca fría dentro de muchos miles de millones de años.
Las estrellas del tamaño del Sol o mayores (hasta ocho veces su masa) terminan su vida como enanas blancas, cuando han consumido el combustible que las hace brillar gracias a las reacciones de fusión nuclear en su interior. En la transición a la fase de enana blanca, la estrella ya no sujetar su atmósfera y esta se extiende por el espacio circundante de manera que, durante unos cuantos miles de años, el astro está rodeado por esta especie de burbuja gaseosa que se denomina nebulosa planetaria, añaden los expertos del ESO. El gas brilla porque esta bañado por la fuerte radiación ultravioleta que emite la estrella moribunda y los diferentes elementos químicos presentes brillan en diferentes colores. En el caso de la IC1295, es dominante el oxígeno ionizado, que brilla en verde.
El Sol también se convertirá en una nebulosa planetaria cuando termine su vida y su atmósfera expandida engullirá los planetas que tiene cerca, incluida la Tierra. Nuestra estrella tiene ya unos 4.600 millones de años y le quedan otros tantos, aproximadamente.
En la imagen de la IC11295, se aprecia en el centro de la nebulosa el núcleo de la vieja estrella como un punto blanco azulado, que acabará convirtiéndose en una muy débil enana blanca fría dentro de muchos miles de millones de años.
dinosaurios que crecian rapido para ser gigantes
Un campo de puesta de huevos de unos dinosaurios, hace entre 190 y
197 millones de años, acabó mal: una inundación del terreno se llevó por
delante los nidos. Luego acabaron fosilizándose las cáscaras de huevos
rotos y los huesos de los embriones que había en su interior. Los
huevos, de diferentes nidos, estaban en diferentes fases de incubación.
Ahora, un equipo científico internacional ha encontrado los fósiles,
abundantes, conservados en un yacimiento de la provincia de Yunnan, en
China. Es un auténtico tesoro para atisbar el crecimiento de los
embriones de aquellos dinosaurios dentro del huevo. Probablemente se
trata de lufengosauros, unos sauropodomorfos caracterizados por tener un
cuello largo, una cabeza pequeña, y ser enormes. Es la colección más
antigua de embriones de dinosaurios que se ha encontrado hasta ahora,
afirma la revista Nature, que da a conocer el descubrimiento de Robert R.Reisz (Universidad de Toronto, Canada) y sus colegas.
Los embriones de aquellos dinosaurios crecían rápido, lo que revela
una incubación corta. Además, los investigadores han encontrado indicios
de que la activación de los músculos (tanto movimiento como
contracción) dentro del huevo jugaría un papel importante en la
formación del esqueleto.
“Los fósiles de embriones de dinosaurios son sorprendentemente poco comunes”, empiezan por recalcar los científicos en Nature, y poco se sabe de los patrones de su desarrollo. Reisz y sus colegas no han encontrado en el yacimiento ningún huevo que no esté roto, pero los más de 200 huesos fósiles en distintas fases de desarrollo aportan una información preciosa para los paleontólogos. Tienen docenas de vértebras, fragmentos de costillas, un total de 24 fémures (cuyo grosor va desde 2,6 a 4,5 milímetros y su longitud, de 12 a 22 milímetros) y otros huesos de las extremidades, así como unos pocos elementos craneales.
Lo que les pasa a los paleontólogos para estudiar el desarrollo de seres ya desaparecidos se parece un poco al problema de los astrónomos que quieren investigar la evolución de las estrellas. Por un motivo u otro (al tratarse de un animal extinguido, en el caso de los paleontólogos, o por la larga vida de un astro en tiempos humanos, para los astrónomos) los científicos no pueden seguir el devenir de un ejemplar. La alternativa es analizar muchos ejemplares de la misma especie (o el mismo tipo de estrellas) en diferentes fases de evolución para poder reconstruir la sucesión de estadios. Por eso es tan importante el hallazgo del yacimiento de embriones de Yunnan.
“El alto nivel de vascularización [de estos huesos fosilizados] es la primera prueba conocida de que los embriones de los sauropodomorfos probablemente crecían más rápido que los de las aves y otros dinosaurios”, señalan los investigadores. Esto implicaría que tenían un período de incubación también más corto, capacidad de rápido crecimiento que se mantendría también después de salir del huevo, “lo que explicaría la capacidad de los sauropodomorfos de alcanzar un tamaño adulto mayor que el de los dinosaurios contemporáneos suyos y, en algunos casos, llegar a proporciones gigantes
Corte transversal de varios fémures de embriones de dinosaurios en diferentes fases de desarrollo.
/ D. MAZIERSKI / D. SCOTT /A. LEBLANC
“Los fósiles de embriones de dinosaurios son sorprendentemente poco comunes”, empiezan por recalcar los científicos en Nature, y poco se sabe de los patrones de su desarrollo. Reisz y sus colegas no han encontrado en el yacimiento ningún huevo que no esté roto, pero los más de 200 huesos fósiles en distintas fases de desarrollo aportan una información preciosa para los paleontólogos. Tienen docenas de vértebras, fragmentos de costillas, un total de 24 fémures (cuyo grosor va desde 2,6 a 4,5 milímetros y su longitud, de 12 a 22 milímetros) y otros huesos de las extremidades, así como unos pocos elementos craneales.
Lo que les pasa a los paleontólogos para estudiar el desarrollo de seres ya desaparecidos se parece un poco al problema de los astrónomos que quieren investigar la evolución de las estrellas. Por un motivo u otro (al tratarse de un animal extinguido, en el caso de los paleontólogos, o por la larga vida de un astro en tiempos humanos, para los astrónomos) los científicos no pueden seguir el devenir de un ejemplar. La alternativa es analizar muchos ejemplares de la misma especie (o el mismo tipo de estrellas) en diferentes fases de evolución para poder reconstruir la sucesión de estadios. Por eso es tan importante el hallazgo del yacimiento de embriones de Yunnan.
“El alto nivel de vascularización [de estos huesos fosilizados] es la primera prueba conocida de que los embriones de los sauropodomorfos probablemente crecían más rápido que los de las aves y otros dinosaurios”, señalan los investigadores. Esto implicaría que tenían un período de incubación también más corto, capacidad de rápido crecimiento que se mantendría también después de salir del huevo, “lo que explicaría la capacidad de los sauropodomorfos de alcanzar un tamaño adulto mayor que el de los dinosaurios contemporáneos suyos y, en algunos casos, llegar a proporciones gigantes
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
