Resulta difícil imaginar que llegue un día en el que las ideas
concebidas por Dmitry Itskov, un multimillonario ruso de 32 años y
antiguo magnate de los medios de comunicación digitales, no parezcan
rocambolescas e inviables. Su proyecto, llamado Iniciativa 2045, por el
año en el que espera que esté acabado, prevé la producción a gran escala
de avatares muy reales y de bajo coste en los que se puedan cargar los
contenidos de un cerebro humano, con todas las peculiaridades de la
conciencia y la personalidad incluidas.
El plan consiste en reproducir una copia digital de nuestra mente en
un portador no biológico, una versión de una persona plenamente sensible
que podría vivir cientos o miles de años.
Cuenta con la atención, y en algunos casos el apoyo entusiasta, de voces respetadas de la Universidad de Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts
que destacan en campos como la genética molecular y las neuroprótesis.
Unos 30 ponentes relacionados con estas y otras disciplinas acudirán al
II Congreso Anual sobre el Futuro Mundial 2045 los días 15 y 16 de junio
en el Centro Lincoln de Manhattan.
Los asistentes escucharán a personas como sir Roger Penrose, catedrático emérito de física matemática de Oxford que aparece en 2045.com
con un vídeo publicitario sobre “la naturaleza cuántica de la
conciencia”, y George M. Church, catedrático de genética de la Facultad
de Medicina de Harvard cuyo vídeo en la misma web tiene que ver con la
“extensión del periodo de salud del cerebro”. Como estos vídeos indican,
los científicos están dando pequeños pasos que les acercan cada vez más
a la fusión completa entre humanos y máquinas. Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, sostiene en su libro de 2005 The singularity is near [La singularidad está cerca]
que la tecnología avanza exponencialmente y que “la vida humana se verá
transformada irreversiblemente” hasta el punto de que no habrá
diferencias entre “los humanos y las máquinas, o entre la realidad
física y la virtual”.
Los logros tecnológicos han continuado su marcha desde que escribió
el libro: desde la creación de ordenadores capaces de jugar mejor que
los humanos (como Watson, el ganador de Jeopardy fabricado por IBM)
hasta la tecnología que hace un seguimiento del ritmo cardiaco de un
jugador y quizás de su excitación (como el nuevo Kinect), pasando por
las herramientas digitales para personas con discapacidades (como
implantes cerebrales para que los tetrapléjicos muevan brazos
robóticos).
“Esto no es una locura mayor que la de principios de los sesenta,
cuando presenciamos la llegada de los trasplantes de hígado y riñón”,
explica Martine A. Rothblatt, fundadora de United Therapeutics, una empresa biotecnológica que fabrica productos cardiovasculares.
Itskov dice que invertirá una parte de su fortuna en cualquier nueva
empresa que le ayude a alcanzar su sueño —asegura que hasta la fecha ya
ha puesto tres millones de dólares de su bolsillo—, pero añade que su
principal objetivo no es hacerse más rico. Mantiene que los avatares no
solo terminarían con el hambre en el mundo —una máquina necesita
mantenimiento pero no comida—, sino que también marcarían el comienzo de
una época más pacífica y espiritual.
“Tenemos que demostrar que en realidad estamos aquí para salvar
vidas”, dice. “Para ayudar a los discapacitados, curar enfermedades,
crear tecnologías que en el futuro nos permitan solucionar cuestiones
existenciales: qué es el cerebro, qué es la vida, qué es la conciencia
y, finalmente, qué es el universo”.
Itskov se crió en Bryansk, una ciudad situada a unos 370 kilómetros
al suroeste de Moscú, con un padre director de obras de teatro musicales
y una madre maestra. Fue alumno de la Academia Rusa de Economía
Plekhanov, donde conoció a su futuro socio empresarial, Konstantin
Rykov. En 1998, Rykov fundó una revista electrónica que llevaba por
nombre una palabra inglesa obscena. Itskov se unió a la empresa al año
siguiente. Crearon el blog tarakan.ru y un periódico online,
Dni.ru, además de algunos sitios de juegos, otros periódicos digitales,
una revista impresa, una editorial y un canal de televisión en Internet.
Pero a los 25 años, Itskov empezó a tener los síntomas propios de la
crisis de la mediana edad. De repente, la esperanza de vida normal, de
unos 80 años, le resultaba dolorosamente insuficiente. Y cuanto más
contemplaba el mundo, más imperfecto le parecía.
Itskov piensa que debemos cambiar nuestras mentes, o al menos darles
la oportunidad de “evolucionar”. Sin embargo, antes de que puedan
hacerlo, necesitamos nuevos parámetros sobre lo que significa ser
humanos. Y eso requiere un mundo en el que la mayoría de sus habitantes
no estén consumidos por los asuntos fundamentales de la supervivencia.
Aquí es donde intervienen los avatares. Las leyes de la oferta y la
demanda se cumplen en la utopía de Itskov y él da por hecho que, una vez
que la producción de avatares aumente, su coste caerá en picado.
También cree que las organizaciones benéficas que ahora se dedican a
alimentar, vestir y curar a los pobres se centrarán en el objetivo de
fabricar y distribuir cuerpos asequibles; es decir, máquinas.
Lo que Itskov describe como la cabeza mecánica más compleja de la
historia, una réplica del propio Itskov de cuello para arriba, se está
construyendo en Plano, Texas, sede de Hanson Robotics,
una empresa fundada por el doctor en ingeniería David Hanson. “La
mayoría de las cabezas robóticas tienen 20 motores”, dice este
científico. “Las mías tienen 32. Y esta tendrá 36. Así que tendrá más
expresiones faciales y simulará todos los grupos de músculos
importantes”. La expectativa aún más sorprendente es que, mientras
Itskov esté en otra habitación, sentado ante una pantalla con sensores
que recojan cada uno de sus movimientos, la cabeza será capaz de
reproducir sus expresiones y su voz.
Itskov ve su iniciativa futurista como un propósito para el presente:
“No tenemos nada que una a toda la humanidad. La iniciativa servirá de
inspiración a todos”.
Pero ¿quieren los seres humanos vivir para siempre? Si es así, ¿les
gustaría pasar esa eternidad en un “portador no biológico”? ¿Qué le
ocurre al cerebro una vez que se carga en una máquina? ¿Y qué pasa con
el cuerpo? Si pudiesen decidir cuándo adquirir un cuerpo que les sirva
de avatar, ¿cuál sería la edad ideal para adquirirlo? ¿Los avatares
pueden tener relaciones sexuales? (sí, los avatares pueden tener sexo,
dice Itskov, porque “un cuerpo artificial estará diseñado para percibir
cualquier sensación”). Estas son solo algunas de las docenas de
preguntas que suscita la Iniciativa 2045.
Si Itskov tiene éxito, la historia lo recordará como un visionario
audaz cuyo dinero y energía redefinieron la vida de un modo que resolvió
algunos de los problemas más pertinaces del mundo. Si fracasa, lo más
seguro es que la palabra “disparatado” aparezca en su nota necrológica.
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